miércoles, abril 2
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99 años de la tragedia ferroviario que enlutó al país

• El domingo 14 de marzo de 1926 ocurrió la peor tragedia ferroviaria en el país, 385 personas murieron y 187 resultaron heridas cuando los vagones de un tren sobrecargado de romeros alajuelenses y heredianos cayeron a la pendiente del río Virilla

El 14 de marzo de 1926 quedó marcada como una fecha trágica, donde murieron 385 personas por el descarrilamiento de 3 vagones. Hoy, 99 años después, se recuerda esa mañana cuando un tren viajaba hacia Cartago y terminó colapsando en el Puente Virilla, conocido como “Puente Negro”.

A pesar del paso del tiempo las cicatrices aún se mantienen y el dolor de la tragedia no termina, los recuerdos son imborrables para quienes aún recuerdan los ingratos momentos que vivieron 800 personas en el tren.

Este 14 de marzo se cumplió 99 años de la llamada “Tragedia del río Virilla”, la cual se produjo en esa fecha del 1926, cuando los tibaseños y los domingueños fueron testigos de la peor tragedia sufrida en nuestro país.

Ese fatídico domingo, heredianos y alajuelenses se dirigían hacia la provincia de Cartago, en una excursión para visitar a la Patrona de Costa Rica, la Virgen de los Ángeles.

La compañía ferroviaria había puesto un tren especial con boletos a un colón con cincuenta céntimos por persona.

El tren salía de Alajuela, pasaba por Heredia y recogía dos vagones más con pasajeros, saliendo con un recargo muy grande, el doble de su capacidad.

Al entrar en el puente sobre el río Virilla, el maquinista aceleró su velocidad y como el puente está en curva y lo precede una cuesta, se produjo la fatalidad: se desprendieron cuatro vagones los cuales fueron a dar al fondo del abismo. Como consecuencia

del accidente, murieron más de 300 personas y 187 resultan heridas, el tren transportaba

a cerca de 800 personas.

El percance ferroviario ocurrió en la división entre Santo Domingo de Heredia y Tibás. Los vagones, los muertos y los heridos quedaron del lado de Tibás; precisamente fueron los tibaseños los primeros en auxiliarlos. Fueron muchas las personas que se acercaron para prestar asistencia

a las víctimas de la tragedia más grande ocurrida en nuestro país.

La tragedia

A las 7 a. m., la locomotora número 9 de la Northern arribó a la estación con tres carros de pasajeros que en pocos minutos se llenaron hasta en los balcones. Media hora después de su llegada a la Ciudad de los Mangos, el convoy, guiado por el maquinista josefino Víctor Manuel Calvo, partió hacia Heredia en medio de sonrisas, gritos y adioses.

El tren hizo solo una parada en San Joaquín de Flores para que subieran más pasajeros y llegó a la estación herediana a las 8 a. m. Ahí lo esperaban los tres carros repletos de viajeros.

Por orden del experimentado conductor Gonzalo Facio, los vagones alajuelenses fueron desconectados de la máquina y colocados al final del convoy, detrás de los heredianos.

Cinco minutos después de su llegada, el maquinista de 35 años puso en marcha la locomotora y prosiguió su camino, ante los reclamos de decenas de florenses que quedaron en la estación con el tiquete en mano pero sin un lugar en el tren.

Igualmente, otros se quedaron esperando en la estación de Santo Domingo, cuando el convoy pasó sin detenerse rumbo al río Virilla.

Muchos de q u i e n e s viajaban frecuentemente por esa vía, declararían después a las autoridades que el convoy llevaba una velocidad superior a la acostumbrada e, incluso, algunos pasajeros alarmados pidieron a gritos que el tren se detuviera.

Antes de llegar al puente sobre el Virilla, el camino de hierro avanza en descenso y describe una curva a unos 50 metros de la estructura. A las 8:20 a. m. la máquina 9 superó la pendiente de la vía y se aproximó a la entrada del puente.

Calvo soltó los frenos y le imprimió velocidad a la locomotora, para pasar sin problemas una pequeña cuesta que dibuja la vía del lado josefino. Entonces ocurrió tragedia.

La inercia de tantos cuerpos dentro del último carro hizo que este se inclinara hacia la izquierda en plena curva y escarrilara, jalando los dos vagones anteriores fuera de la vía.

Todo sucedió en segundos. “De pronto, crujen todas las estructuras, saltan los vidrios, trepidan los carros, y los más horrorosos gritos se lanzan por el aire. Eran los mil pasajeros que sentían el abismo, la muerte.

Los vagones quedaron desastillados, hechos un puño de madera y hierro retorcido. Los vidrios

cubrieron todo el camino.

Los asientos se desprendieron y rodaron por el abismo”, reseñó la crónica que el Diario de Costa Rica publicó el martes 16 de marzo.

Decenas de cuerpos q u e d a r o n p r e n s a d o s entre las latas de los carros, otros cayeron al precipicio para terminar colgados en los árboles de la pendiente o mutilados en el fondo del barranco, donde su sangre se mezcló con el agua del río.

La locomotora y tres de los carros lograron cruzar el puente y detuvieron su marcha a unos 100 metros del río.

El maquinista y el conductor declararían después que intentaron devolverse pero alguna gente quiso golpearlos, así que partieron a toda prisa hacia San José para dar aviso de la tragedia. En cuestión deminutos, una gran multitud se aglomeró en el sitio del accidente.

Algunos llegaron a socorrer a los heridos, aunque fuera poco lo que podían hacer; otros tantos curiosos más bien entorpecieron las labores de salvamento; y unos pocos aprovechados espojaron a las víctimas de sus pertenencias.

Médicos, socorristas y policías llegaron desde diversos lugares, pero el rescate se convirtió en una tarea difícil.

Había cuerpos por todos lados.

Los sacaban del sitio del accidente para tenderlos en un potrero a orillas del río, cubiertos con hojas de plátano, mientras alguien llegaba a identificarlos.

Muchos heridos y mutilados fueron trasladados en trenes a los hospitales de la capital. La labor de salvamento se extendió hasta la noche.

Durante toda la tarde, varios trenes de socorro partieron hacia Alajuela y Heredia. Los cuerpos eran dejados ordenadamente en las estaciones, donde los vecinos entraban para identificarlos y llevárselos a sus casas.

El mismo día del accidente, el superintendente de la Northern dio la orden de que ningún cuerpo saliera sin su respectivo ataúd. Decenas de féretros fueron llevados en buses, trenes y carretas de voluntarios hasta distintas partes del Valle Central. El Gobierno declaró tres días de duelo nacional. Las banderas ondearon a media asta, y cines, cantinas y otros sitios de entretenimiento

cerraron sus puertas.

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